Y aquí estoy, queriendo parafrasear a El Cuarteto de Nos y, en lugar de decir: “este es un día más y no un día menos”, decir: “Este es un año más de vida y no un año menos”. Sin darme cuenta, en la víspera de mi cumpleaños número 37, como si de añoranzas y nostalgias se tratase, me encontré viendo una de mis series cómicas favoritas. Una que siempre me pone a reflexionar sobre lo que sueño, lo que he deseado y a dónde la vida me ha traído. Todos tenemos planes, sueños y objetivos, y soy consciente de que muchas veces no se dan las condiciones para que lo que uno quiere se desarrolle como lo esperaba. La vida es tan caótica y aleatoria, y el universo tan indiferente a nuestros deseos e intenciones, que las aspiraciones no son letras grabadas en piedra.
A veces siento que me he vuelto un tanto cínico con la vida. Tantas y reiteradas veces se me han negado algunas de las cosas que quiero o he anhelado, que por momentos siento que la existencia es así y que esperar algo distinto es hipocresía. Pero si algo me caracteriza es el optimismo: soy una contradicción con patas. Quizá sea de los pocos existencialistas optimistas que existen, no quiero negarme a la esperanza, al creer, luchar y afrontar lo que se venga en la vida. Quiero aprender a conciliar y vivir con lo que he logrado, ser agradecido con las personas que he conocido, las que se han mantenido, las que han entrado y aquellas que por A o B se han apartado, todo suma. No quiero caer en el cinismo de vivir cerrado a las posibilidades, sino superar el miedo a caer y, por qué no, aplicar la frase de Thomas Wayne: “¿Por qué caemos? Para aprender a levantarnos”.
La vida es un carnaval. Muchas veces no el que nos gusta, pero es donde estamos y lo mejor que podemos hacer es seguir disfrutando en la medida de nuestras posibilidades, en compañía de quienes son nuestro apoyo. Porque como dice Les Luthiers: “Porque la vida debe ser vivida y la muerte morida”. Una frase bastante epicúrea, si me lo preguntan. Así que a seguir adelante, miches.