2026-07-13 03:26 UTC
Hay algo mágico en eso de estar con un grupo de amigos, una historia narrada, unos dados y elecciones de personajes mediadas por el azar. Estoy jugando D&D con unos amigos, estamos llevando a cabo una campaña de mediano plazo y vamos por la segunda sesión. Hemos jugado por más de seis horas por sesión y no me doy cuenta de a dónde se va el tiempo, es tan pero tan entretenido y emocionante. No saber qué puede pasar, o el hecho de que una tirada de dados pueda significar la vida o la muerte de tu personaje, te hace sudar como si estuvieras allí.
Mi personaje sigue vivo de milagro, sobreviviendo con dos puntos de golpe y un punto de inspiración a un devorador de intelectos que casi me mata tres veces, si no fuera por un 12 exacto, no lo hubiera contado.
Toda una locura: en el momento en que tiré los dados y salió ese doce exacto, donde debía sacar doce o más, todos nos levantamos de la mesa gritando de emoción porque había sobrevivido a la peor batalla que habíamos tenido. Tan buena fue que sirvió como cierre de sesión, subida de nivel y toda la cosa.
La moraleja aprendida: nunca peleen cuerpo a cuerpo (a melé) usando un bárbaro contra monstruos que tienen ataques de tipo psíquico o necrótico. Lo que sufrí en esa primera sesión no tiene nombre, tanto que en la segunda sesión, como la mayoría de peleas fueron contra soldados y rivales comunes, ahí sí es cierto que no me aguantaban el cuerpo a cuerpo. Aún cuando me hacían daño, lo tanqueaba fuertemente haciendo honor a la clase.
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