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@ecosdelpasado@tkz.one

Post #4243221

2026-07-23 18:02 UTC

:stargif: 𝑳𝒐𝒔 𝑷𝒊𝒔𝒉𝒕𝒂𝒄𝒐𝒔: 𝒆𝒍 𝒎𝒐𝒏𝒔𝒕𝒓𝒖𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒖𝒏𝒄𝒂 𝒅𝒆𝒔𝒂𝒑𝒂𝒓𝒆𝒄𝒊𝒐́ :stargif: ¿Te imaginas encender la televisión y escuchar que una banda está secuestrando personas para extraerles la grasa corporal y venderla por miles de dólares a laboratorios europeos? Pues eso fue exactamente lo que ocurrió en Perú en noviembre de 2009. La noticia dio la vuelta al mundo y parecía sacada de una película de terror. Sin embargo, detrás de aquel espeluznante relato se escondía una historia muy diferente. Todo comenzó cuando la Policía Nacional del Perú convocó una multitudinaria rueda de prensa. Ante las cámaras, los responsables de la Dirección de Investigación Criminal (Dirincri) aseguraron haber desarticulado una peligrosa organización conocida como la banda de los Pishtacos en la región de Huánuco. Según la versión oficial, los miembros de la banda secuestraban a campesinos, los asesinaban y colgaban sus cuerpos sobre grandes ganchos para extraer lentamente la grasa corporal. Durante la presentación incluso mostraron una botella de plástico que, supuestamente, contenía grasa humana obtenida de las víctimas. Pero lo más sorprendente aún estaba por llegar. La policía afirmó que aquella grasa se vendía a laboratorios cosméticos y farmacéuticos europeos por hasta 15.000 dólares el litro. Según su relato, servía para fabricar cremas contra las arrugas, tratamientos médicos e incluso lubricantes de alta tecnología para la industria aeronáutica. La historia era tan macabra que muchos medios internacionales la difundieron sin apenas cuestionarla. El problema era que nada tenía sentido. Pocas semanas después comenzaron a aparecer científicos, químicos, médicos y especialistas desmontando punto por punto aquella versión. Explicaron que la grasa humana no posee ninguna propiedad extraordinaria que justifique semejante precio. La industria cosmética utiliza grasas vegetales, animales o compuestos sintéticos mucho más baratos, seguros y fáciles de obtener. Lo mismo ocurre con los lubricantes industriales y aeroespaciales, fabricados mediante procesos químicos muy avanzados que no tienen absolutamente nada que ver con tejido humano. Ni Interpol, ni los organismos internacionales, ni los investigadores encontraron jamás pruebas de que existiera un mercado negro dedicado a comprar grasa humana. La historia empezó a desmoronarse con la misma rapidez con la que había saltado a los titulares. Finalmente, el propio ministro del Interior peruano, Octavio Salazar, tuvo que reconocer que las afirmaciones realizadas por la policía habían sido exageradas y carecían de pruebas sólidas. El jefe policial que dirigió aquella investigación fue destituido poco después, y el supuesto caso de la banda de los Pishtacos terminó convertido en uno de los mayores ridículos mediáticos de la historia reciente del país. Con el paso del tiempo, periodistas e historiadores fueron aún más lejos. Muchos señalaron que todo aquel espectáculo había servido como una enorme cortina de humo para desviar la atención pública de otro asunto mucho más comprometido: las investigaciones sobre un supuesto grupo de exterminio vinculado a miembros de las fuerzas de seguridad peruanas que estaba siendo investigado en esas mismas fechas. Mientras los informativos hablaban de monstruos que robaban grasa humana, apenas se hablaba del escándalo político que ocupaba realmente a las autoridades. Pero si aquella historia consiguió que tanta gente la creyera fue porque los Pishtacos ya existían mucho antes de que aparecieran en los periódicos. Su origen hay que buscarlo siglos atrás. La palabra Pishtaco procede del quechua pishtay, que significa "degollar", "descuartizar" o "cortar en tiras". En la tradición oral andina, el Pishtaco es un personaje temido desde la época colonial. Normalmente se le describe como un hombre blanco o mestizo, alto, barbudo y desconocido que acecha a los viajeros solitarios durante la noche en caminos de montaña o lugares apartados. Según las leyendas, después de matar a sus víctimas les extraía la grasa corporal para utilizarla con distintos fines. Dependiendo de la región, esa grasa servía para engrasar las campanas de las iglesias, las ruedas de los carros, la maquinaria de las minas, las vías del tren o cualquier invento traído por los extranjeros. Con el paso de los siglos, la leyenda fue adaptándose a los nuevos tiempos. Lo que antes eran campanas o molinos pasó a convertirse en motores, fábricas, hospitales o aviones. El miedo seguía siendo el mismo; solo cambiaban los objetos. SIGUE ⬇️

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