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@ecosdelpasado@tkz.one

Post #4243215

2026-07-30 12:42 UTC

:stargif: 𝑬𝒍 𝑹𝒆𝒚 𝑳𝒆𝒑𝒓𝒐𝒔𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒅𝒆𝒓𝒓𝒐𝒕𝒐́ 𝒂 𝑺𝒂𝒍𝒂𝒅𝒊𝒏𝒐 :stargif: Pocos personajes de las Cruzadas han despertado tanta admiración como Balduino IV de Jerusalén, conocido por la historia como el Rey Leproso. Su vida parece sacada de una novela: un joven condenado por una enfermedad incurable que, contra todo pronóstico, logró mantener a salvo Jerusalén durante más de una década y derrotó en el campo de batalla al hombre más poderoso del mundo islámico, Saladino. Muchos lo descubrieron gracias a la película 𝑬𝒍 𝒓𝒆𝒊𝒏𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒄𝒊𝒆𝒍𝒐𝒔 (2005), de Ridley Scott, donde aparece ocultando su rostro bajo una espectacular máscara de plata. Sin embargo, la realidad fue bastante distinta. Balduino no fue un rey misterioso escondido tras una máscara, sino un gobernante que luchó toda su vida contra una enfermedad devastadora mientras intentaba mantener unido un reino rodeado de enemigos y dividido por las luchas internas de su propia nobleza. Frente a él estaba Saladino, cuyo verdadero nombre era Salah ad-Din Yusuf ibn Ayyub. De origen kurdo, fue el fundador de la dinastía ayubí y el hombre que consiguió unificar Egipto, Siria y buena parte del mundo musulmán bajo un mismo mando. Para los musulmanes fue un héroe; para los cristianos, el rival más temible de las Cruzadas. Curiosamente, ambos terminaron profesándose un profundo respeto, pese a pasar años intentando derrotarse mutuamente. Balduino nació en Jerusalén en 1161. Era hijo del rey Amalarico I de Jerusalén y de Inés de Courtenay, una noble perteneciente a una de las familias más influyentes de los Estados cruzados. Cuando nació, nadie podía imaginar que aquel niño acabaría convirtiéndose en uno de los reyes más famosos de la Edad Media. Recibió una educación propia de un futuro monarca. Su tutor fue Guillermo de Tiro, arzobispo, diplomático e historiador, cuya crónica sigue siendo una de las principales fuentes para conocer las Cruzadas. Fue precisamente él quien descubrió que algo no iba bien. Mientras observaba a Balduino jugar con otros niños, se dio cuenta de que todos reaccionaban cuando se pellizcaban los brazos... excepto él. El pequeño príncipe no sentía dolor. Los médicos confirmaron el peor diagnóstico imaginable en el siglo XII: lepra. Hoy sabemos que la enfermedad está causada por una bacteria y tiene tratamiento, pero en aquella época se consideraba casi un castigo divino. Los enfermos eran apartados de la sociedad por miedo al contagio y muchos acababan viviendo aislados en leproserías. A pesar de ello, su padre tomó una decisión sorprendente: no ocultó la enfermedad ni apartó a su hijo de la sucesión. Al contrario, ordenó que continuara preparándose para reinar y que recibiera el mismo entrenamiento militar que cualquier caballero. Con el paso de los años la lepra fue avanzando lentamente. Perdió sensibilidad en brazos y piernas, su mano derecha comenzó a quedar inutilizada y cada vez le costaba más sostener las riendas del caballo. Lejos de rendirse, aprendió a dirigir la montura con las rodillas y a combatir utilizando principalmente la mano izquierda. Aquella fuerza de voluntad impresionó incluso a quienes dudaban de que un enfermo pudiera gobernar. En 1174 murió Amalarico I, probablemente víctima de una enfermedad intestinal. Su heredero apenas tenía trece años. Balduino fue coronado rey de Jerusalén siendo todavía un adolescente. No heredó un reino tranquilo. Jerusalén era el principal Estado cruzado de Tierra Santa y estaba rodeada por poderosos enemigos. Además, la nobleza cristiana vivía enfrentada por las luchas de poder, mientras las órdenes militares, como los templarios y los hospitalarios, defendían las fronteras casi de forma permanente. A todo ello había que añadir un problema evidente: el joven rey padecía una enfermedad que no tenía cura y todos sabían que, tarde o temprano, acabaría con su vida. La mayor amenaza para Balduino no siempre estuvo fuera de las murallas de Jerusalén. Dentro del propio reino abundaban las intrigas. Su madre, Inés de Courtenay, había sido repudiada años antes por Amalarico por motivos políticos, pero tras la muerte del rey recuperó buena parte de su influencia en la corte. Los cronistas medievales la presentan como una mujer muy ambiciosa que favoreció a familiares y aliados para controlar las decisiones del joven monarca. Mientras tanto, los grandes nobles pensaban ya en la sucesión. Balduino sabía que probablemente nunca podría casarse ni tener descendencia debido al avance de la lepra, así que todas las miradas se dirigieron hacia sus hermanas, Sibila e Isabel de Jerusalén. Sus matrimonios dejaron de ser asuntos familiares para convertirse en auténticas maniobras políticas. Quien consiguiera casarse con ellas tendría muchas posibilidades de sentarse algún día en el trono. SIGUE ↘️

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