2026-09-24 15:23 UTC
Lo que voy a decir quizá suene a una mera banalidad, pero les prometo que no es así. Hace poco más de dos años estuve enfermo del estómago; llegó a un punto en que no toleraba comer casi nada e incluso sentía genuino dolor cada vez que tomaba café. Esto último obligó a que, mientras me recuperaba, tuviese que dejarlo por completo. Tan fue así, que no les miento cuando digo que tenía pavor de intentar tomar siquiera media tacita por el dolor que me provocaría. Desde entonces, no volví a probarlo.
Si hay algo que de verdad adoro en esta vida es el café. Estos años de abstinencia fueron una tortura, porque el simple aroma me resulta sumamente gratificante; si hay algo divino en esta tierra, es el olor a café recién chorreado. Imagínense el suplicio de olerlo y no poder tomarlo.
¡Cuál sería mi felicidad cuando, por fin, me animé! Venciendo el miedo, decidí empezar a probarlo de a poquitos. Me gané en un bingo una prensa francesa, lo cual se convirtió en la excusa perfecta para reintentarlo. Llevo unos días probando y les juro que soy la persona más feliz del mundo, poder tomar café sin sentir el dolor ni las molestias de hace años se siente casi como una realización personal. Al segundo día, al notar que no había dolor, casi me pongo a llorar. Además, sin darme cuenta, en estos días mis migrañas crónicas bajaron de intensidad. Díganle efecto placebo o lo que sea, pero este precioso elixir que la naturaleza nos regaló a los mortales es una maravilla. Yo fundaría una religión dedicada al café y haría peregrinaciones adonde fuera en su nombre, a ese nivel lo extrañaba.
Eso sí, como pasé tanto tiempo deshabituado, me toca ir al suave: los primeros días andaba todo eléctrico con apenas media taza. No eran ni las doce del mediodía y ya sentía el corazón latiendo a doscientas revoluciones por minuto.
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